domingo, 7 de noviembre de 2010

Porque hay un tiempo para todo, hay tiempo para escribir y tiempo para vivir; para llenarse de otros o de uno mismo. Mirar hacia fuera, hacia dentro, volar, soñar… Permanecer al abrigo de las últimas hojas hasta que vuelva el viento y se las lleve, y quedemos desnudos, nuevamente, y la escarcha nos recuerde quiénes somos.

Dormir, volar, soñar, vivir,… Al fin, es todo lo mismo, liviano y revocable.

(Foto de Deaire)


miércoles, 27 de octubre de 2010

Un día desperté...

Fue el reposado discurrir de tu sombra lo que me hizo seguir tus pasos. Desde ella me llegaba el eco de tus formas y, aun siendo tan sólo una opaca proyección de ti lo que ofrecía, fue suficiente reclamo para andar a la zaga. No hubo un propósito que no fuera el deleite ensimismado de mi ojos, atada la atención a cualquier movimiento que proviniera de ti, al sutil devenir de las criaturas chinescas que hacías aparecer, ante la adormecida consciencia de mi asombro.

Pasaban las horas, los días, y siempre que mi mirada se cruzaba con aquel vago rastro que apenas definía una parte allanada de ti, se convertía en recreo ese momento. Mirar, volver a mirar, no dejar de mirar, mientras duraran tus huellas, y llegar a verme, inmersa y diminuta, recogida en cualquier hueco conciso del surco que trazabas.

Se impuso durante un tiempo el silencio, el tiempo de ceguera, las ausencias, pero siempre recordaba aquellas dunas que un día se hicieron deleite en tus palabras. Y volvía, de vez en cuando, al lugar donde los ojos de un zagal me hicieron ver mis propios ojos, rescatados de un pasado que siempre me había acompañado, aunque yo lo olvidara.

Era un paisaje, el tuyo, repleto de palmeras; de fragantes aromas que empeñaban su existencia en sumergir el aire en su rareza dulce. Tan ajeno al desierto circundante, tan distinto de todos que, aún sin saberte, me albergaba en tus sombras, curando mis heridas.

Secuestrados por la fiebre mis sentidos, no alcanzaba _tampoco lo intentaba; apenas sentía más allá de la marea negra que cruzara mis días, por entonces_ a percibir cuánto de magia había en aquellos encuentros. Y yo en mi delirio los buscaba, los procuraba inconsciente, sedienta de la vida que de mí escapaba, que en ti encontraba...

Tú me curaste, sí, de la sequedad insistente de mis labios, del dolorido peso de mi cuerpo, del incendio extendido entre mis sienes. Fue sin pedirlo que encontré tus regalos, durmiendo entre mis manos. Y aún te preguntas _tú siempre tan humilde_ cómo es que guardo cada una de tus hojas, por qué recreo en ellas mi mirada o entretengo en mis dedos tus semillas.

Si me duermo al cobijo de tu sombra, abrazada a tu talle, escuchando el rumor en que conviertes el aire que pasea entre tus labios, es porque mucho antes de saberte, tú ya formabas parte de mis sueños. Un día desperté, reconocí en ti mis latidos, y en los tuyos, la dulce melodía que quiero que acompañe, para siempre, mi vida.


 
(Foto de Deaire)

domingo, 17 de octubre de 2010

Siempre un color indefinido, un trazo diminuto, insuficiente...

Alguien asestó un rudo golpe sobre la mesa. Tembló. Temblaron las piezas que salieron despedidas por el aire. Temblaron hasta las gafas de Anselmo y sus manos. Pero su cabeza permaneció inmóvil. Observaba los huecos que habían quedado al descubierto en el tablero y la lluvia de pequeños cartones que volvía a cubrirlos parcialmente.

Inmóvil. Poco importaban la causa, ni los motivos de la causa; ni siquiera las consecuencias parecían importar. Anselmo recreaba la mirada sobre los resultados que aquel estruendo había provocado, como si las piezas, recién caídas al azar, le hubieran ido contando secretos, según terminaban de depositarse sobre la superficie. Quizá le despejaron alguna duda centenaria.

No estaba sorprendido, sin embargo. Pensaba que la vida se había mostrado de esa misma manera con frecuencia y que, al fin y al cabo, aquel puzzle tan sólo le había consumido tres días, hasta casi haberlo completado. Y que mil piezas de cartón piedra no eran comparables con las personas que había intentado encajar en el lugar adecuado, ensayando un paisaje emocional jamás logrado. El día menos pensado, alguien cogía un tren que no estaba previsto, o urdía un plan a base de mentiras, o llegaba el amor y hacía mirar hacia otro lado. O bien la decepción borraba todas las sonrisas,... y acababan por despistarse aquella pieza y ésa, y la otra.

Mientras tanto, vueltas y vueltas les daba, hasta descifrar la forma exacta de la imagen recortada que se proyectaba sobre ellas. "Siempre un color indefinido, un trazo diminuto e insuficiente que apenas me da pistas; tal como suelen mostrarse las personas", pensó.

Sin apartar la mirada de aquello que podría representar el perfecto resumen de lo absurdo, y alargando el brazo cuanto le fue posible, fue desplazándolo lentamente sobre la mesa, alineando fracciones y razones; como haciendo recuento de fragmentos que, en sí mismos, no aportaban valía suficiente y, al hacinarlos, les procurara una suma de imposibles.

Los llevó hasta el extremo de la mesa, hasta el extremo mismo del provecho, sin conseguir un balance en positivo. Y así convino, por fin, precipitarlos hacia el contenedor que esperaba sobre el suelo, la boca abierta; todo boca, el contenedor, y toda abierta. Hasta que Anselmo la cerró, después que hubiera engullido y contuviera todo aquello que, a fin de cuentas, no había terminado de encajarle.

¿Cuál habría de ser su afición, desde ese momento?


(Foto por Deaire)

lunes, 11 de octubre de 2010

Pensar, sentir

_ ¿Cómo explicar el recorrido exacto del sentir, si lo vivo invadida y fui rendida a él, un segundo tras otro, imperceptiblemente, hasta anegar el infinito abismo que habita el universo, y hacerte así más cerca?

_ Hay trampas que el amor ejerce para poder dominar tiempo y espacio.

_ ¿Y es primero el recuerdo o el sentimiento mismo, que persiste y me vive, día y noche, y te trae hacia mí ocupando memoria y sangre, y piel, y aire, como motivo único?

_ Hay trampas que el amor ejerce para adueñarse también de los sentidos.

_ ¿Y dime, dónde y cuándo se produjo el prodigio de ser uno en el otro, aún sin saberlo, y en qué feliz momento cruzamos la frontera, para pasar del asombro a la certeza?

_ No lo recuerdo, amor, no lo recuerdo. Quizá es que no existía la otra orilla. Quizá no sea que el amor nos hace trampas, sino extraños convenios con la vida.



(Foto de Deaire)


domingo, 19 de septiembre de 2010

El eco necesario

Laurita llega tarde. Borbotones de vaho se precipitan desde su respiración agitada y acaban confundiéndose con la bruma de noviembre. Llega tarde y se atusa el pelo mientras anda. Doma la posición de su falda, enredada en el trasiego de sus piernas, tan frágiles... Parece que fueran a quebrarse o enredarse entre sí, mientras se disputan el terreno, a pasos breves, como picoteo de un ave.

Sus ojos se adelantan más allá de donde acaba el horizonte, ignorando calles y edificios, semáforos, parques, transeúntes. Sus ojos ya están en clase. En realidad, sus pensamientos no llegaron a salir de allí desde ayer por la tarde.

Tampoco ayer llegó a hacerse de noche, salvo cuando alguna voz familiar reclamaba su atención hacia el plato de sopa, ya fría y sin interés. Entonces sí, una vez interrumpidas sus ensoñaciones, la oscuridad hacía acto de presencia. Como lo hacía el silencio que abrazaba aquella escena. Todas las escenas de todas las noches, desde no recuerda cuándo, siempre presididas por una densa nube de tristeza.

Así era su casa, cuando estaba habitada. Por eso Laurita prefería estar en ella cuando no había nadie. Tan distinta se veía cuando la luz de la tarde la inundaba y la música recorría una habitación y otra, que parecía estar muy lejos de allí. Incluso ser cobijo de otra familia diferente. Escapar de la realidad era su única salida y se soñaba, y soñaba hermanos y padres felices. Y así hablaba de ellos cuando le preguntaban, tal como los imaginaba.

Pero Laurita sabía que no debía mentir; que cuando las mentiras se acaban, hay que inventar otras que se sumen y que llega un momento en que se pierden las cuentas. Así es que tampoco hablaba mucho. Solía sentarse sola o con alguna compañera ocasional que al día siguiente evitaba, para que no hiciera preguntas. Odiaba esa manía que otras niñas tenían de preguntar, o de hablar y hablar, sin escucharse unas a otras, o de burlarse y reírse dando grititos y palmadas cuando había niños cerca. ¿Acaso no se daban cuenta?…

Ayer, a media mañana, apareció en clase la directora del colegio. Una señora de potentes dimensiones y gesto tan adusto, que su sola presencia interrumpía cualquier acción, por involuntaria que fuera. Ni respirar se oía, cuando estaba cerca. A los pocos segundos, tras ella, entró en el aula una chica de larga melena. Se subió a la tarima y, elevando el mentón ligeramente, recorrió con la mirada toda la clase.

“Hola _dijo_. Soy Celia y seré vuestra compañera.” No era normal, desde luego, que alguien se mostrara tan resuelta, estando la directora cerca; ni que se subiera a la tarima con el dominio de quien ha pisado miles de escenarios; ni que se incorporara al curso cuando ya hacía tiempo que éste se había iniciado. Tampoco lo era que nunca antes se hubieran cruzado con ella, siquiera en el recreo, ni en ningún otro recinto del colegio. Su aspecto tampoco era usual; no habría pasado inadvertida. Nada en Celia era común, ni vulgar.

Bajó del encerado, pero no bajó la mirada, ni el mentón. Avanzó decididamente por el pasillo, hasta la última fila ocupada. Laurita se hizo a un lado. Cualquier otra niña habría querido compartir pupitre y esconderse en el anonimato, tras irrumpir en clase dos meses, dos semanas y dos horas y media después de haber comenzado el año lectivo. Pero Celia prefirió sentarse a solas y, sólo cuando el resto dejó de prestarle atención, sonrió a Laura.

“Hola _decían sus ojos_. Seremos amigas. No harás ni haré preguntas. Tenemos la vida entera para saber lo importante.”

Laurita llega tarde, sus ojos se adelantan, el vaho se precipita y confunde con la bruma, su falda se rebela y su mente ya está allí.

Celia le espera en su pupitre, en silencio, la vida por delante.

Y ayer… Ayer sus sopas frías perdieron interés.



(Foto de Deaire)

sábado, 11 de septiembre de 2010

Con sólo sentir

Si existe la avidez pausada, ha de ser al recorrerte capa a capa. Seda que acaricia primero la mirada, al ritmo penetrante de un aroma discreto que emerge de tu centro y envuelve, sin saberlo, la consciencia, y la baña del delirio colorido que en su pureza mezcla tu legítima esencia.

Prodigio que secuestra los sentidos hasta hacerlos amables inquilinos. Quedarse a vivir un entretanto y otro en ti, en la ingravidez del tiempo que tu belleza, toda, incita y reaviva, y se apropia, involuntaria, de la propia voluntad, y se abandona al arrullo dulce que tus latidos pronuncian en nombre de mi nombre.

Amarte, como si en ello fuera la vida, como si la vida fuera en ello, implícita y serena, con todos los sentidos consentidos y entregados a esta dulce invasión que no es condena.




(... por Deaire ...)

martes, 31 de agosto de 2010

Des-Intoxicación


Ocre, rojizo, gris, ocre, gris, verde, gris,… Si viniera el viento y lo borrara todo…

Gris, grava, ocre, gris, verde, arena, verde, gris,… No quiero pertenecer a esa raza que pasa las horas muertas en el despacho del fondo, frotándose las manos bajo la mesa. Ni a esa otra que se asoma de puntillas tras de mí, para mostrar la bonanza que ellos quieren.

Arena, ocre, verde, gris, acequia, verde, enebros, montaña, brillo. Atardece. Van dibujándose las sombras a lo lejos. Tampoco yo les intereso a ellos. No interesan las medidas de mejora por más que les salgan gratis. La Crisis les hace un guiño y a ellos les hace gracia esa prostituta que les enseña a fingir y a practicar sexo “sado” para abismar diferencias. Mrs. Crisis, con vestido de seda en las últimas inauguraciones y de “casual wear fashion” en el “off-site” de hace tres meses, jugándose a la ruleta otros destinos.

Gris, grava, traviesa, grava, traviesa, ocre, verde, gris, tab-tab, tab-tab, catenaria, tab, oscuro,…

El compañerismo, furtivo y a la intemperie. Apenas dos minutos dura el humo al borde de la nada, donde el viento, donde otra cámara apostada puede estar observando nuestros gestos. No sabemos si nos miden el tiempo, pero está mal mirado ese recreo. Será que no llega el sonido a su sordera embutida en cifras de vergüenza.

Tab-tab, oscuro, naranja, oscuro, tab, oscuro,…

Quisiera borrar el descontento de esos rostros que otros días resultaron alivio en el destierro y hoy andan contaminados de injusticia.

“Próxima estación: Fuencarral”. Cemento, gris, grava, traviesa, grava, ocre ceniciento y, al fondo, unas torres que pretendieron llamativas para alojar en ellas más luchas de poder, intrusiones a destajo, espionaje informático y de pasillo, otros oscuros negocios. Alcantarillas de lujo por la nubes.

Naranja, oscuro, naranja, oscuro, gris, grafity,…

“Próxima estación: Chamartín”. Maldito eco de tacones, de perfume de marca y de traiciones, de cattering robado de los picos que no sobresalen a mi sueldo; de corbatas impuestas o elegidas y un gran coche esperando en el garaje para mirarme a través de la ventana... ¿Te atreves a mirar en mis pupilas, sabiendo lo que sé de tus facturas?

Tab-tab, traviesa, cantos, traviesa, señal, gris, zoooooom. Oscuro. Oscuro.

“Próxima estación: Nuevos Ministerios”. La pulsión de una ciudad anónima, aunque un poco más cercana que tanto extraño conocido con quien comparto el café-brebaje de la empresa, convenientemente dispensado en jaulas de cristal, donde puedan inspeccionar nuestro rango. Comentarios mal intencionados, mal interpretados, mal avenidos. Gran Hermano de diseño traducido en hermetismo medido y desconfianza preventiva. La otra cara de lo expectante.

“Próxima estación: Sol”. Otros rostros, otros cuerpos cansados y una voz que canturrea en un idioma incomprensible. Sigue cantando, por favor, no pares; que tu canto me libera del hastío y a ti te preserva del miedo de haber caído en la trampa. Deja que el ritmo africano nos sustraiga del acero que se ha alojado en las almas.

“Próxima estación: Atocha. Correspondencia con: ….”

Correspondencia con “mañana será otro día”, de sabor acre. Ahora practico un agujero por donde evadirme, cabalgo hacia el olvido con la música aferrada a los oídos. Tres kilómetros, mide el pasillo que aún me separa de mi casa y siento alivio al recorrerlo andando. Cuarenta grados, o rondando, y siento alivio. El cielo está casi negro y siento alivio ¿Estallará esta tormenta que se fragua?

El aire quema la piel, pero es aire… y es piel.

domingo, 22 de agosto de 2010

La trayectoria del cielo

Ahora que anido en este punto anhelado de la Tierra, asombrada de haber estado nunca y siempre aquí, o alguna vez en sueños, de aquellos que se olvidan cuando la luz los rasga y descompone, la primavera se resiste a entrar en él.

Pero no me contagia de desánimo su tardanza. En algún momento, llegará. Aunque sea para fugarse de inmediato, acuciada por un verano que precipite implacable su fuego sobre la acera, o interrumpida de nuevo por este otoño desorientado que parece haber perdido rumbo y fecha.

Alguna vez los deseos se cumplen mucho después de haberlos olvidado. Y nos recuerdan entonces que ya existieron, que ya ocuparon su espacio en nuestro espacio, pero perdió nuestra consciencia el momento en que dejaron de ser.

Hasta que un día cualquiera, a la vuelta de una esquina escogida por el azar y en hora insospechada, alguno se presenta de nuevo ante nosotros. Con una luz distinta a la que recordamos, con caminar distraído, como el nuestro y, como nosotros, parece detenerse sorprendido unos instantes. Y es ése el momento de atraparlo y no otro, pues puede que nunca más nos crucemos con él, sino en sueños.

Hoy sigo la trayectoria del cielo. Y solos, el cielo y yo, y ese viento que no cesa, observamos los días que pasean con la misma parsimonia que las nubes, ajenos a cuanto sucede en tierra, ajenos al deseo y los temores. Y comprendo.



(Por Deaire)

No siempre

No siempre está mi vida agazapada en estas letras. A veces son los sueños, o las fantasías los que asoman entre ellas y me esconden las cosas o las cambian de sitio. O ponen un objeto, donde no había nada, y resulta ser un reloj robado en un anticuario de Madrid, a esas horas en las que el sol y el calor aprietan, y amordazan los ojos mudos del dueño, ya vejete, que dormita.

No quiero saber, por tanto, ni rendir cuentas, de ese reloj que no me pertenece. Salga de aquí la Policía o detenga, si puede, a los artífices de tamaña osadía. Pero ya les adelanto que va a ser misión difícil, pues acostumbran a poner cara de santos y acusarse unos a otros. O a mí misma, que suelo hablar en primera persona, por aquello de dar mayor impacto; o subirme a lomos de una cita de los que ya llevan un trecho recorrido y saben espolear mis pensamientos.

No publico aquí mi vida, ni mi muerte. Ni quisiera, si así fuese, plañideras en mi entierro. Recojan las penas, los cirios, los pañuelos y no olviden llevarse los consejos que han dejado caer entre las sillas.

Disculpen, o no, mi antipatía aquellos que no vean sus comentarios publicados. Han de entender que hay otro tipo de sitios para eso. Aquí, sólo letras.

sábado, 7 de agosto de 2010

"Cuando no haya motivos para enfadarse"

CITA:

Wong, maestro en collages dialécticos, sumaba aquí este pasaje: "La novela que nos interesa no es la que va colocando los personajes en la situación, sino la que instala la situación en los personajes. Con lo cual, éstos dejan de ser personajes para volverse personas. Hay como una extrapolación mediante la cual ellos saltan hacia nosotros, o nosotros hacia ellos. El K, de Kafka, se llama como su lector, o al revés".


Julio Cortázar (Rayuela)
[...]

Ya no quedaban huecos donde buscar aliento para permanecer. Tan sólo un silencio acordado tácitamente en beneficio de un tiempo que no me atañía y, por tanto, me cerraba el paso, las puertas, las ventanas,... Renunciar también al mío, al tiempo que quizá si me hubiera pertenecido, fue el pago de mi media vuelta. Una huída completamente carente de egoísmo y, tal vez por ello, incomprendida, pero necesaria. Incrementar la distancia, aunque con ello aumentara también la confusión y abonara el terreno, para cuando hubieran de llegar los reproches, fue la única salida. Y aunque con ello provocara cierto regusto amargo entre mis letras y me viera abocada a condenarlas al ostracismo. Un implacable ejército de fantasmas tiraba del silencio hacia mis dedos, en busca de unas letras que no habrían de tener ningún sentido. Pero oprimían mis órganos y mi garganta, destilándoles lágrimas entre una gota de tinta y la siguiente. O lanzarlas al vacío, de cuando en cuando, permitiendo que otros ojos, que no fueran los suyos, las recorrieran; expuestas a otros juicios, suspendidos por falta de pruebas, incompletos. Quizá sólo buscaba algo de alivio. Una vía de escape, para no verme anegada de tantos recuerdos aglutinados en el vacío que ocupara mis días, desde entonces. He aquí, en breve resumen, los inasibles motivos de mis silencios.

Resultaron muy flojas sus razones. Quizá, como las mías, carentes de egoísmo hacia los suyos, pero letales hacia mí. Tal vez ese terreno tendría que haber permanecido yermo y yo no supe verlo, ni él tampoco, hasta que terceros, cuartos, aparecieron en escena, reclamando su voz y su espacio. Ya no podían oírse las ternuras que el apuntador, en susurros, nos había soplado desde su estrecho hueco. El patio de butacas estaba vacío. Hasta ese momento, no había caído en ello. No había estado allí antes, sino lejos, en la historia que mi alma improvisaba. Tan sólo el escenario aparecía atestado de gente y de razones de gesto histriónico.

Me aparté. Me quedé entre bastidores, primero. Retrocedí aún más, al poco tiempo y recuerdo que no era capaz de encontrar mi camerino. Tonta, nunca existió; nunca acudí al atrezzo, ni al maquillaje. Me presenté en escena, tal como me hice al mundo, carente de muchos artificios. Si acaso, me vestí de miedo a intervenir en lo que no me atañe. Y vuelvo al tiempo que no me corresponde, el que hizo que se escondieran mis letras, detrás del telón, para que él no supiera, o supiera muy tarde, “cuando queden dos días para morir y entonces no haya motivos para enfadarse”… Me cuesta creer que se fiara de esas palabras suyas. Pero aquí dejo las mías, cumpliendo con mi parte. Por si tiene el poder de previsión que le dicte que esos "dos días" anteriores han podido llegar. O por si el mío, mi fin, está a la vuelta de un minuto. Yo no lo sé. A mí me entregaron la vida sin programa, sin guiones, ni mapas, ni instrucciones y sólo sé guiarme según lo que veo y pienso, y siento.

Sí, claro que siento, aunque me mantenga a distancia para no recordar que es dolor y rabia, y amargura,… o para no recordar lo que es sentir, o para no sentir que sentir es un fraude,... o para no recordar. Pero hoy se filtraron sus fragmentos en mis sueños y amanecí en sollozos, que no fueron resueltos. Y entonces recordé sus penúltimas palabras. ¿Habrán llegado esos dos días previos, o cuándo lo harán? Y corro a escribirle aquí, como tonta, en el quicio de la nada, donde es posible que venga a buscar mis letras, si un indicio le avisa de que el fin ha llegado, y aún le quedan arrestos y energía para enfrentarse al único rastro que he podido dejarle, ridículo y lloroso, como son las derrotas.

Lo siento, sí, claro que siento. Por más que algunos sólo vean la dureza en la que envuelvo mi herida. Y que me mantengo a distancia, para no recordar lo que es sentir, o para no sentir que sentir es un fraude, o para no recordar que, de aquel sentir, sólo obtuve como pago y deuda, que ahora saldo, este recóndito, absurdo y poco probable punto final.

sábado, 17 de julio de 2010

Delirio seco


(Foto de Deaire)

... 
“Nunca se produce algo tan devastador que no permita que una persona decidida rescate algo de las cenizas, arriesgando todo aquello que le ha quedado…” (El Cartero. DAVID BRIN)
...

Quise rescatarte de entre tus propios silencios. Como en otras ocasiones, desoí la prudencia, rellené con mis propias palabras tus respuestas huecas y atrapé tus arrepentimientos, trasladándolos a mi corazón con tierno mimo.

A cada reencuentro nuestro, le precedió una fisura de locura y muchos miedos. Siempre fuiste tú quien encendió la mecha para apagarla al instante. Aquella indecisión compulsiva que teñía tus motivos de una materia nociva para la paz, mortificaba cada tramo recorrido junto a ti, o hacia ti. Habría renunciado, de no ser porque el miedo a perderme se reflejaba en tus ojos y eso me hacía recordar que una vez cruzamos la inmensidad del espacio, lejos, muy lejos, hasta habitar un planeta que sólo a nosotros perteneció.

No debiste permitir que mi alma supiera de tu tristeza, que no era tan grande como la mía, ni estaba dispuesta a desbrozar de cadáveres, sembrados por la inconsciencia, todas las hectáreas que nos separaban. Ni nombrar la pasión que desconoces, tampoco debiste. La pasión no sabe de distancias, ni calcula lo adecuado o lo correcto. La pasión no se detiene, ni mide, ni medita; no esquiva, ni cuestiona. La pasión arrasa y se desboca y apenas ve otra cosa que no sea el motivo de su existir. Es capaz de lanzarse hacia el abismo pues, una vez que nace, nada importa. Sólo es y es, y es. Implacable, día y noche, es. Pero no tiene sentido que te explique, sólo el sentir distingue esta palabra, sin sospechar que existe la renuncia.

Arriesgué la cordura y, con ella, el sosiego, la fe, la indulgencia, el olvido,… Todos los perdí. Por eso aún vienen a mí tus recuerdos. Pero ya no perdono, ni creo. Ahora ando vagando en un espacio avieso de cautela, velado de sombras; el corazón sordo y mudos los deseos. Y creo que ésa viene a ser la peor de las demencias. Un delirio seco.

viernes, 9 de julio de 2010

Sentada en la penumbra

Estaba quieta,
muy quieta y callada,
sentada en la oscuridad.

Me miraba.

Sin sonreír,
sin nostalgias antiguas
ni reproches,
sin una sola mueca,
me han atrapado sus ojos,
durante un trecho largo.
Sin emitir un juicio innecesario,
como si siempre hubiera estado
observando.

Quizá no tenga nada que decir.
Nada,
después de tanto.

Pero hoy,
sentada en la penumbra,
_ sin saber desde cuándo_
me ha permitido ver,
la vida
(mi vida)
que me estaba mirando
            ... y esperando.

sábado, 26 de junio de 2010

Al otro lado

Ella ya sabe que su origen no es griego, que ni es hija de Zeus y Mnemósine, ni habitó en el Parnaso. Por eso hay quien opina que no debería llamarle musa. Pero olvidan que cuenta con el mérito extraordinario de haberse hecho un hueco entre aquéllas que gozan de un prestigio que lleva siglos abriéndoles las puertas. Y que lo que le hace merecer ese título es que cumple su misión.

No se escandalizan, sin embargo, ni ponen peros, cuando ellos mismos llaman “cicerone” a un guía o prefieren decir “affaire”, a decir negocio. Las palabras se universalizan para nuestro entendimiento. ¿Cuándo haremos universales otra serie de conceptos que harían de “entendimiento” una palabra mucho más grande y, a la vez, más asequible? O mejor, ¿cuándo haremos del entendimiento un instrumento cotidiano?
...

Acércate, mi buena musa, y siéntate a mi lado. Susúrrame al oído aquella melodía que tantas veces te han hecho acallar. Muéstrame tus ojos y la mirada que guarda espejismos cambiantes. Deja que observe las esferas luminosas que se enredan en tu pelo como un collar de planetas vivos. Que tus manos dibujen el vuelo de las extrañas aves que tanto tiempo llevan queriendo traerme noticias de lejanos bosques y montañas transparentes. Ve soltando, poco a poco, el universo que traes contigo, como un perfume y deja que nos embriague el horizonte que se prolonga más allá de los sueños… 
...

Me miraba Nkundi, pensativa y quise sustraerle las ideas que trenza en su silencio fértil. 

_ Nkundi, ¿quieres tomar un café conmigo? 

_ ¿De los que prepara Franz? _ bromeó, recordando las imágenes del corto con que “Les-dammes” nos obsequió, durante una visita que le hicimos. En él, el protagonista, un tanto desquiciado por el consumo excesivo del estimulante, acaba cometiendo más de una barbaridad. 

_ No, mujer; tampoco es mi intención que acabemos matando a una anciana. Éste será un café tranquilo y denso, como seguramente le gusten a él. A ver, cuéntame, qué pensamientos son ésos que te tienen distraída. 

_ Bueno, son una maraña. Van engarzados unos a otros y parece que formaran parte de una misma escena. Un poco, como el juego de la caída de fichas de dominó. 

_ ¿Como la vida misma? 

_ Sí… 

_ Bueno, pues ve soltándolos poco a poco. Tal vez así… 

Después de un breve silencio que venía a ordenar sus ideas, lanzó su primera pregunta: 

_ ¿Qué te pasó con los versos del Ángel Negro?_ Y provocó la sonrisa que provocan las preguntas llenas de ternura e ingenuidad, aunque la respuesta resulte complicada y larga de explicar. 

_ Lo mismo que me pasa con muchas otras cosas; que cada vez que las miro detenidamente, las veo distintas. Sus versos, sus escritos, a veces tienen para mí esa cualidad y me gusta perderme en ellos, poder leerlos de varias formas, encontrarles distintas caras. Me pasa con otros escritores. Curiosamente, con los que más me fascinan.

Verás, siendo niña tenía un juego predilecto, como todos los niños, supongo. Aunque parece que el mío resulta un poco extraño a otros ojos. A veces, cuando menciono en qué ocupaba aquellas horas felices, cuando la vida aún te permite cruzar a la orilla de la fantasía sin que nadie te lo reproche, mi interlocutor me mira con ojos de avispa; no sé si intentando descifrar el juego y ponerse en situación, o barajando la sospecha de si mi mente fue secuestrada por alguna suerte de locura, como en alguna ocasión, se han aventurado a decir. 

Yo, sin embargo, me sorprendo ante ese tipo de manifestaciones; me da la impresión de que no hubieran sido capaces de echarle suficiente imaginación a sus juegos. Pero no me lo creo. Los juegos de los niños siempre son capaces de darle vida a un simple trozo de madera, y por tanto… 

A mí me gustaba jugar con el espejo que vivía en el reverso de la puerta de un armario. Era grande _más grande entonces que ahora_ y eso me permitía, no sólo verme a mí misma, sino al entorno, reflejado en él. 

No tardé en darme cuenta de la existencia de un paralelismo entre dos universos diferentes. Cuando yo levantaba mi mano derecha, la niña que vivía al otro lado insistía en levantar la suya izquierda, y así sucedía con todo lo que podía ver, al otro lado del espejo. 

Después descubrí que, si giraba la puerta que soportaba la luna, cambiaba su contenido; de esa manera, dependiendo de los grados que hubiera desplazado aquel instrumento mágico, disponía de un escenario u otro… y aquel juego me brindaba infinidad de posibilidades. 

Pero no se quedó ahí la cosa. Mi mente aprendió a explorar, a través del espejo, otras dimensiones. Pensaba que aquella niña que se empeñaba en llevarme la contraria, igual que yo, no sólo habitaba en aquella habitación, sino que, como yo, también compartía con su familia un comedor y que, más allá, había un largo pasillo, por el que le gustaba correr. 

Así es que empecé a imaginar cómo era aquel comedor que estaba al otro lado del espejo, justo detrás de su habitación, y a “colocar” los objetos, precisamente en sentido contrario a como estaban en el mío. Todo esto, ya sin ayuda del malvado artilugio que me propició la inmerecida fama de “coqueta”, pues lo único que veían quienes fueron testigos de aquella incomprendida fantasía infantil, era que pasaba las horas muertas frente al espejo. 

El caso es que sospecho que aquel juego que abrió mi mente, a base de aglutinar en ella espacios duplicados, pero inversos, se me quedó prendido en el alma y pasó a formar parte de ella. Me gusta, Nkundi. Me gusta mirar “más allá del espejo” y escudriñar otras posibilidades que, a priori, estarían fuera de mi alcance, si no les prestara el debido esfuerzo. 

_ Pero, ¿por qué insistes en buscar más imágenes, en mirar más allá? Eso te lleva a la confusión ¿No? 

_ No. No es esa insistencia la que me confunde, sino andar con la inercia alocada que llevamos, sobre todo en la ciudad, donde todo sucede demasiado deprisa, donde siempre parece que estuviéramos a punto de perder algún tren y no existe tregua para plantearnos si, lo que estamos haciendo, es lo correcto; lo hacemos, no vemos otra opción.

Saltamos al tren en marcha y confiamos en que sea el mismo que cogemos todos los días, sin plantearnos siquiera que existen los imprevistos; que alguien ha podido decidir cambiar nuestro tren de vía. Y a veces no nos damos cuenta de que vamos en sentido contrario, hasta que salimos de túnel. 

Nkundi, la ciudad nos mata en muchos sentidos. La vida en ella no es un viaje de placer. Es una rutina que devora nuestro tiempo y no hay lugar para contemplaciones. Por eso, casi siempre te dejo a ti aquí, apartada de ese monstruo. Allí no podemos permitir que se nos escape un solo minuto, si queremos evitar un buen montón de complicaciones. 

Pero hay que vivir en ella para entender la locura de la que te hablo. Cualquiera que no se haya sentido devorado por su ferocidad, diría que basta con salir 5 minutos antes. ¡5 Minutos!!! ¡Quién saca 5 minutos de una jornada de 9 horas y un trayecto de 3! ¿Y quién escatima a la empresa las horas de formación que nos exige? ¿Quién les discute las que nos roban, a cuenta de trabajos que tenemos que terminar en nuestra propia casa?... “Porque es urgente y tiene fecha de caducidad”, nos dicen. ¡Como nosotros mismos! Pero esto último, pretenden borrárnoslo de la memoria, desde el momento en que nos contratan. No nos permiten pararnos, ni física, ni intelectualmente, pero sólo atendiendo a su objetivo. 

A mí me gustaría tomarme las cosas con más calma, pero a menudo siento que la vida me lleva a empujones, sin saber cómo he de hacer para sustraerme a su impertinencia. Actúo por impulsos, no siempre acertados, que pueden conducirme al precipicio. 

Porque es eso, me precipito, al dictar una sentencia, si antes no he escuchado a todas las partes. Eso nos convierte en arbitrarios. Mirar con prejuicios, nos limita. No me gusta encasillar, como no me gusta encadenar a un animal. 

_ ¿Prejuicios tú? Además, encadenar a un animal no nos limita a nosotros, sino al animal... ¿Y qué tiene que ver todo eso con lo que te he preguntado? _ protestó, intentando comprender, de un solo salto, lo que precisa de unos pasos medidos, precisos y cautelosos, para salvar según qué terrenos. No pude sino verla reflejada en mí, o verme yo en ella, cuando la impulsividad nos domina. ¡Esas prisas…! 

_ A veces, Nkundi, escucho el eco de mis propios actos. Y, cuando eso sucede, es porque el ritmo frenético que imprime mi marcha ha provocado que alguna piedra se precipitara y chocara con algo. Entonces vuelvo sobre mis pasos, para comprobar que no he ocasionado males mayores. Eso mismo me ocurrió con esos versos. Me precipité, no me tomé el tiempo que requerían, y es más que probable que llegara “contaminada” de otros escritos, deslumbrada de otros colores que se imprimieron en mis retinas. Y no pude ver los que tenía enfrente. Por eso, al volver “limpia” de aquellos reflejos, es decir “sin prejuicios”, me pareció que habían cambiado su silueta. Pero en realidad, era mi mirada lo que había cambiado. 

Recordé lo que me enseña la práctica del senderismo, y pensé que quizá lo mejor sería escoger otro camino más sensato, para llegar al puerto que quería. 

_ Bien, cambiemos de tercio. Dime, ¿qué ves ahora mismo desde donde estás sentada? 

_ Veo la ventana, la estantería, los libros, el equipo de música,… Creo que ya sé adónde me quieres llevar. 

_ Sí, yo también lo creo. Si te sentaras donde estoy yo, verías otras cosas, aunque la habitación sea la misma y la ocupen los mismos objetos. 

Pero no sólo es la posición que ocupemos la que nos ofrece una visión distinta. Hay muchos matices que pueden conformar lo que percibimos, muchos agentes externos los que ejercen su influencia: nuestras propias vivencias y cómo nos implicamos en ellas; nuestra última lectura, el último encuentro, la última charla… Incluso la música que estamos escuchando, vierte su singular naturaleza sobre la nuestra. 

Todos esos elementos van dejando su rastro, que nosotros recogemos o abandonamos en el camino, y todos, conformando de alguna forma nuestra visión de las cosas. Elegimos de qué nos deshacemos y qué queremos llevar con nosotros. Ahí deberían entrar en juego nuestro discernimiento y nuestra consciencia. Discernimiento, para no confundir "criterio" con "prejuicio". 

No siempre la elección es nuestra pero, si permitimos que la luz atraviese la ventana o si elegimos la penumbra, estaremos haciendo que todo esto que nos rodea cambie considerablemente su aspecto.

Podríamos ser cómodos y pensar que es mejor cuando entra la luz, que se ve todo más claro, con mayor nitidez. Pero, cuando llegue el verano, no pensaremos igual. A veces la luz ciega. Tenemos ambas opciones y subir o bajar la persiana, no sólo nos librará de la ceguera, sino que nos estaremos permitiendo un espectro de visión mucho más amplio ¿Te has dado cuenta de cómo cambian los colores, según la intensidad y la naturaleza de la luz que los enfoque? 

_ Sí, claro... ¿Es eso la diversidad? 

_ Uy, que te veo venir... Esto no es más que la D; la primera letra de una palabra inmensa. La diversidad lo abarca todo; como el mismísimo Universo, reflejado en un espejo. Para explicarte lo que es la diversidad necesitaríamos de muchos más cafés… y no quisiera acabar como el protagonista del corto que nos pasó "Les-dammes". 

Y así acabó la charla, prácticamente como la habíamos empezado. Poco había avanzado en aquella exploración sin límites que quise hacer junto a Nkundi, pero el tiempo nos impera. 

_ Lo siento, Nkundi, tendremos que dejarlo para otro rato. Pero toma, ve leyéndote este libro, si quieres. 

_ “León el Africano” … ¡Anda, como yo!!! 

_ Sí, como tú; no tan africano. Pero lee, lee... 

Y leyó: “Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna.”
...
Ahí se ha quedado, empantanada ante la inmensidad de sus preguntas. Espero que Maalouf me vaya abriendo camino, mientras yo sigo con otros temas que no pueden esperar... aunque esté de baja, por estrés. 
... 
Este fragmento fue, en su día, dedicado a "Angelonero" (Ahora, "Gestionando los Tsunamis") y a "Lesdammesfrançaises" (también, "El sueño Nocturno") cuyas letras admiro, cuya amistad aprecio y atesoro.

Aquí lo tenéis, Anxo, Franz. Ahora lo leo y veo lo extenso de aquel post. Pero siempre fueron vuestras, estas letras. Siempre lo serán. Yo también, a pesar de lo incomprensible que pueda resultar ver que ando borrando textos, desapareciendo… y apareciendo en otros sitios, con otros nombres. Sigo siendo yo y, en algún sitio, sigo estando.


Por Deaire
...

jueves, 24 de junio de 2010

Enajenado baile

A veces necesito... no sé qué.
Un destello.
O un silencio abismal
que me detenga en seco.
Y que dejen
de latirme recuerdos,
de lloverme palabras,
de rompérseme el aire...

martes, 15 de junio de 2010

De renuncias y devociones - Crónicas del parque -

Hoy, mientras me adentraba en el parque, me decía que me hubiera apetecido que estuviera más vacío, más callado y otoñal. Sin embargo, no me molestan ni los gritos de los niños, ni el traqueteo de sus skate-boards, ni los golpes recibidos por las piedras cuando aquéllos se aventuran en un salto descomunal para su tamaño. Tampoco estorba el sol de esta primavera que sigue repitiendo treguas, como primeriza, sin darse cuenta de que casi está rozando la frontera del verano. No molestan. Puedo recogerme en mis pensamientos sin que la excesiva vida del parque me afecte, de la misma manera que mi quietud no altera su bullicio. Comparto a gusto la tarde con ellos. Es sólo que mi estado de ánimo es “otro”. Pero transito por él como lo hago por el curso del río, sin sentirme invadida, ni que yo lo invada a él. Es bueno reconocer las fronteras. Como lo es reconocer las emociones, distinguirlas entre los pensamientos, diferenciar el estado de ánimo, de la conciencia, y dejar a cada uno en su lugar. Sin falsas alarmas. Supongo que la buena convivencia consiste en eso...

Y así, en paz conmigo y con el mundo, me alejo hacia el sub-mundo placentero que proporciona la buena lectura. De tanto en tanto, entre una página y otra, entre pensamiento y nube, me asomo a la vida. Persigo, con la vista, las ruedas de unos patines, el brillo rebelde de un cabello infantil,… o me entretengo en los juegos de un perro, que parece menos susceptible a la mirada que se calza, mientras andamos en estos escrutinios. Y pienso en la tierna dependencia que se crea en estos animales, mucho más atentos a la mano del amo, que a su propio instinto.

Nunca entendí del todo el mecanismo de esa desigual relación, ni la devoción que el perro siente hacia quien establece los dominios, los turnos y las normas, más según los dictados de la conveniencia y comodidad del humano, que pensando en un intercambio equitativo entre ambos. Al fin y al cabo, el amo es el amo. Quizá por eso, siempre me había sentido más identificada con gatos que con perros. No sabía bien por qué. Posiblemente porque tampoco entendía sus ladridos. Y menos aún el odio que alguna vez pude presenciar desatado entre sus fauces, cuando defendían las propiedades, intereses de otros, de sus dueños, por encima de su propia vida.

No lo entendía, no, y sin embargo… Sin embargo, no se puede decir que yo me haya visto desprovista de devociones y renuncias. Igual de incomprensibles e incomprendidas. Tal vez por eso, a veces reivindico mi parte felina; porque, después de todo, me he visto abocada a defender más de una vida. ¿Siete, dicen? Si no me fallan las cuentas, me quedan pocas. Así es que recojo el chiringuito y me voy a cubierto, que se avecina tormenta.

Otra riada. Vaya, con esta primavera...

sábado, 12 de junio de 2010

En la memoria

A veces, un abrazo fantasma nos rodea. Toma asiento a nuestro lado, se acomoda, y lee con nosotros.

Como badajos, arrancando suspiros a la memoria, algunas palabras que fueron mutadas sin permiso, vestidas por una entidad ajena que se adueñó de su significado, apenas son sugeridas, adoptan su forma y se traducen en Presencia. Palabras que, sin saberlo, fueron testigo y hoy, de forma impertinente o no, con imparcialidad o sin ella, suben al estrado y testifican. Si lo hacen a favor o en contra, depende en gran medida del ejercicio con el que esté viciada la memoria. Curiosamente, en la memoria, pesan más las declaraciones de ese testigo accidental, que la razón.

Impresionismo. El pintor, como la memoria, deja espacios "en blanco" y sublima otros, a propósito. Es su forma de crear belleza.

“Tendresa”, “Aire”, "Infancia", "Gotas", "Mar",... Algunas de esas palabras, sin definirnos, nos representan y, a veces, consiguen hacer de nosotros una presencia inesperada. 

A veces, una lágrima se asoma al abismo, bella.

sábado, 5 de junio de 2010

Desde este espacio verde

[...]

“Aquí, en este espacio de cristal que me circunda, floto. Tan solo mis palabras hacen eco en mi memoria.

Aquí, desde este espacio verde, arrastrada, alzada, volteada, veo otros objetos a lo lejos, agua de por medio, algas de por medio y, por medio, arena; como satélites ajenos al destino, como yo misma,… pero afuera.

Aquí, en este silencio verde y cristalino, sólo puedo aspirar a ser mensaje. Y no sé si alguna vez serán leídas las palabras grabadas en mi piel, en el bies de los pliegues que fueron practicados en mi cuerpo, antes de introducirme en la botella… Y no sé si esperar llegar a salvo o si he de encomendarme al filo de una roca, que resquebraje este refugio verde de silencio”.


[...]

sábado, 29 de mayo de 2010

¿Verso Libre o Rima?

¿Ser libre o ser rima?
 
¿Cercenar, del cielo,
la arista empinada
que dibuja el cuerpo
gris
de la montaña? 

¿Ser ola atrevida que invade la playa,
...o arena engullida
por la sed
del agua?

¿Ser ojos que atrapen 
suspiros de estrellas
y a ti te los traigan?

¿Dedos invisibles,
jugando en el agua
y, en una sorpresa,
salpicar tu alma? 

¿Convertirse en rama,
dejar que me aniden
7 piedras blancas
que canten de noche,
que vuelen preñadas,
sin rumbo,
sin alas,...
y después
revienten,
como pompas blancas?

Hay preguntas tristes
que sólo merecen
respuestas soñadas.

(Por Deaire)

viernes, 21 de mayo de 2010

Mala cosecha

Cultivaba piedras en un terreno estéril, el hielo abrasándome los ojos. Un excedente de llanto, sólido, pesado, anclado en el vuelo inconcluso y variable de un ave enloquecida, sin rumbo, cuyo eco lejano se convertía en canto, cuyo canto azulado trocaba en grito, cuyo grito moría en el silencio, de cansancio. Y yo ya no sabía si atender a su canto o a sus gritos, o a su silencio largo, que arañaba las horas de mi espera. Todos aquellos ecos confundían, como una resaca de vientos racheados.

Se enturbiaba el paisaje, luminoso hacía un instante, al desplegar la sombra de sus alas. Una bruma de voces, como dardos, que rompían el aliento de otro tiempo, amado por su brillo.

Roto. Rotos el tiempo y el brillo, y la esperanza. Era cultivo de piedras, terreno estéril, abonado con gritos y con sombras, y silencios, cada vez más frecuentes, cada vez más espesos, mordiéndome a deshoras, de iniquidad, de angustia y de distancia, el tiempo ingenuo, inútilmente derrochado en restaurar un breve paraíso.

A través de un cristal de hielo, alojado en el quicio de mi ojo, vi un objeto olvidado en la distancia, como si hubiera sido hecho con papeles. Era mi frágil cometa. Ya no tenía ni hilos, ni estructura, ni aquellos lazos tenues de colores que quise regalarle al ave aquella. Quizá fue pretencioso aquel presente armado con materias tan precarias, ilusiones, pues nada más real tenía a mano.

He recogido sus restos entre el hielo, quemándome las manos y, llorando, me alejo recordando el tierno mimo con que quise emular aquel plumaje que atrapara mi mente encandilada,... tanto...

El ave me ha mirado con desprecio: “No he querido mirar tu último esfuerzo”. 

Yo cultivé cometas en el cielo, mordidas por silencios o por gritos, besadas en un canto, según el impreciso devenir del rastro-ave. Luces, sombras, todas confusamente definidas, erradas y errantes, iracundas, con intervalos de miel y de ternura.

Yo cultivaba piedras y cometas. Hoy recojo tristezas y me alejo, por miedo a que me alcance la locura.