martes, 15 de junio de 2010

De renuncias y devociones - Crónicas del parque -

Hoy, mientras me adentraba en el parque, me decía que me hubiera apetecido que estuviera más vacío, más callado y otoñal. Sin embargo, no me molestan ni los gritos de los niños, ni el traqueteo de sus skate-boards, ni los golpes recibidos por las piedras cuando aquéllos se aventuran en un salto descomunal para su tamaño. Tampoco estorba el sol de esta primavera que sigue repitiendo treguas, como primeriza, sin darse cuenta de que casi está rozando la frontera del verano. No molestan. Puedo recogerme en mis pensamientos sin que la excesiva vida del parque me afecte, de la misma manera que mi quietud no altera su bullicio. Comparto a gusto la tarde con ellos. Es sólo que mi estado de ánimo es “otro”. Pero transito por él como lo hago por el curso del río, sin sentirme invadida, ni que yo lo invada a él. Es bueno reconocer las fronteras. Como lo es reconocer las emociones, distinguirlas entre los pensamientos, diferenciar el estado de ánimo, de la conciencia, y dejar a cada uno en su lugar. Sin falsas alarmas. Supongo que la buena convivencia consiste en eso...

Y así, en paz conmigo y con el mundo, me alejo hacia el sub-mundo placentero que proporciona la buena lectura. De tanto en tanto, entre una página y otra, entre pensamiento y nube, me asomo a la vida. Persigo, con la vista, las ruedas de unos patines, el brillo rebelde de un cabello infantil,… o me entretengo en los juegos de un perro, que parece menos susceptible a la mirada que se calza, mientras andamos en estos escrutinios. Y pienso en la tierna dependencia que se crea en estos animales, mucho más atentos a la mano del amo, que a su propio instinto.

Nunca entendí del todo el mecanismo de esa desigual relación, ni la devoción que el perro siente hacia quien establece los dominios, los turnos y las normas, más según los dictados de la conveniencia y comodidad del humano, que pensando en un intercambio equitativo entre ambos. Al fin y al cabo, el amo es el amo. Quizá por eso, siempre me había sentido más identificada con gatos que con perros. No sabía bien por qué. Posiblemente porque tampoco entendía sus ladridos. Y menos aún el odio que alguna vez pude presenciar desatado entre sus fauces, cuando defendían las propiedades, intereses de otros, de sus dueños, por encima de su propia vida.

No lo entendía, no, y sin embargo… Sin embargo, no se puede decir que yo me haya visto desprovista de devociones y renuncias. Igual de incomprensibles e incomprendidas. Tal vez por eso, a veces reivindico mi parte felina; porque, después de todo, me he visto abocada a defender más de una vida. ¿Siete, dicen? Si no me fallan las cuentas, me quedan pocas. Así es que recojo el chiringuito y me voy a cubierto, que se avecina tormenta.

Otra riada. Vaya, con esta primavera...

4 comentarios:

  1. Es así, uno está a lo suyo, humanizándose con su humanidad y, a la vez, distinguiendo los detalles de su entorno, sin entorpecerlos, sin entrar a dirimir sobre lo adecuado o no de cada acción, de cada suceso ajeno, de lo que tan solo nos roza el rabillo del ojo. Es la relatividad de la vida, la perspectiva condicionada de cada “yo”, la parte de la realidad que nos somete o todos esos pensamientos y emociones a los que uno da prioridad, como se da a la lectura, a la relajación, a la autocrítica o a los sueños y a las pesadillas. En el mundo animal no hay tantas diferencias. He tenido perros, los he criado, he tenido gatos, hurones, ardillas, conejos, canarios..., ahora mismo estoy rodeado de siete animales domésticos, cada uno con su personalidad, cada uno también con su sello de autenticidad, respondiendo a distintos estímulos. En cierta manera, manejando su parte objetiva, su “yo” animal, a veces, sorprendente. No sé si solo los perros defienden con su vida al amo, quizá no sea una cuestión de especie sino de fidelidad y de dependencia.

    En todo caso, las vidas que defendiste son parte de ti y de alguna manera forman parte de tu pensamiento que, como has dejado escrito, es sereno, tolerante y cercano a lo que le rodea.

    Haces de la sencillez de la rutina una fuente de inspiración.

    Un beso, Deaire.

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  2. Creo que en lo cotidiano, si nos fijamos y sacamos el tiempo y las ganas, hay un filón probablemente tan extenso como el que hay en lo extraordinario. Lo que ocurre es que resulta menos llamativo; por eso, por cotidiano. Supongo que es cuestión de prestarle atención y prestátnosla a nosotros mismos, a nuestras reacciones frente a ello.

    Yo sólo he convivido con un perro, que no era mío, y con muchos gatos. También tuve un verderín, una especie de canario. Pero siempre me provocó angustia ver a los animales en cautividad, así es que tenía la puerta de su jaula abierta... y un mal día se escapó. Digo mal día porque hubo tormenta, supongo que se asustó con algún trueno y se escapó aterrorizado. Nunca antes había salido sin regresar, pero aquella vez, alguien lo encontró en la acera, muerto.

    Y sí, como dices, las relaciones con los animales son curiosas, siempre sorprendentes. Aquel verderín estuvo casi una semana "sin hablarme". Me daba la espalda, incluso, porque le hice daño, sin querer, al limpiar su jaula. Hasta que otro día lo encontré con una patita enganchada a un barrote; se había enredado con el hilo de un paño con el que cubría la jaula para protegerle del viento. Después de haberle liberado, volvió a "dirigirme la palabra" :-)

    También tuve dos gatos fieles. Pero de uno de ellos _o puede que de los dos_ te hablaré en un post que, curiosamente, ya había empezado. No sé cuándo, pero lo haré.

    Y así, hablando de los animales y sus "humanidades", fijándonos en ellos, descubrimos rasgos y comportamientos en nosotros mismos. No somos más que una parte de la Naturaleza y ella, un referente.

    Gracias por venir a visitarme, Vagamente. Y por tus palabras.

    Un beso.

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  3. Poniendome al día con los blogs de los amigos, me encuentro con este intimista texto de un paseo por el parque que desemboca irremediablemente en una reflexión. En cierta manera me has recordado mis propias ausencias en los prques cercanos a mi oficina, que ya han desaparecido por arte y magia de la jornada continua y que tanto hecho de menos. Supongo que adentrarnos en la naturaleza, aunque sea una naturaleza tan artificial como esta ordenada por la mano del ser humano, nos transporta de alguna manera a un estado originario, a formar parte de ella y es en ese entorno donde más nosotros podemos ser y más podemos observrnos y comprendernos. Cn este texto además me ha identificado parte de su título, pues hace tiempo que tengo comenzado un texto que se titula "los gozos y las devociones" y en él también hay una comparación con ciertos animalitos. Es uno de esos textos que uno comienza y empienzan a crecer sin premeditación, sencillamnete porque en sí mismos tienen una semilla cuyas características desconocemos hasta que empieza a regarse y a cuidarse. Pero tu reflexión sobre la vida perruna y la vida felina me ha gustado mucho. Somos lo que acumulamos. quizá la vida, como dices, es la suma de distintas vidas. Quizá no smos conscientes de ello, hasta que llegamos a un parque.

    Me alegro de poder re-encontrarte, después de mis exámenes y mis descalabros. Te dejo un beso preciosa y mil gracias por tus visitas.

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  4. ¡Hola Violette!!

    Creo que casi todos los textos crecen de esa manera, en mayor o menor medida; tienen vida propia, como los hijos :-)

    Y sí, la naturaleza es una buena fuente de inspiración, para todo. De ella vienen las metáforas...

    Gracias, guapa, por venir y dejarme aquí tus palabras. Lo de visitarte y leerte, no tiene mérito, es un placer. Y ya estoy deseando leer ese texto tuyo, sobre gozos y devociones :-)

    Hasta pronto, bonita.

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