domingo, 17 de octubre de 2010

Siempre un color indefinido, un trazo diminuto, insuficiente...

Alguien asestó un rudo golpe sobre la mesa. Tembló. Temblaron las piezas que salieron despedidas por el aire. Temblaron hasta las gafas de Anselmo y sus manos. Pero su cabeza permaneció inmóvil. Observaba los huecos que habían quedado al descubierto en el tablero y la lluvia de pequeños cartones que volvía a cubrirlos parcialmente.

Inmóvil. Poco importaban la causa, ni los motivos de la causa; ni siquiera las consecuencias parecían importar. Anselmo recreaba la mirada sobre los resultados que aquel estruendo había provocado, como si las piezas, recién caídas al azar, le hubieran ido contando secretos, según terminaban de depositarse sobre la superficie. Quizá le despejaron alguna duda centenaria.

No estaba sorprendido, sin embargo. Pensaba que la vida se había mostrado de esa misma manera con frecuencia y que, al fin y al cabo, aquel puzzle tan sólo le había consumido tres días, hasta casi haberlo completado. Y que mil piezas de cartón piedra no eran comparables con las personas que había intentado encajar en el lugar adecuado, ensayando un paisaje emocional jamás logrado. El día menos pensado, alguien cogía un tren que no estaba previsto, o urdía un plan a base de mentiras, o llegaba el amor y hacía mirar hacia otro lado. O bien la decepción borraba todas las sonrisas,... y acababan por despistarse aquella pieza y ésa, y la otra.

Mientras tanto, vueltas y vueltas les daba, hasta descifrar la forma exacta de la imagen recortada que se proyectaba sobre ellas. "Siempre un color indefinido, un trazo diminuto e insuficiente que apenas me da pistas; tal como suelen mostrarse las personas", pensó.

Sin apartar la mirada de aquello que podría representar el perfecto resumen de lo absurdo, y alargando el brazo cuanto le fue posible, fue desplazándolo lentamente sobre la mesa, alineando fracciones y razones; como haciendo recuento de fragmentos que, en sí mismos, no aportaban valía suficiente y, al hacinarlos, les procurara una suma de imposibles.

Los llevó hasta el extremo de la mesa, hasta el extremo mismo del provecho, sin conseguir un balance en positivo. Y así convino, por fin, precipitarlos hacia el contenedor que esperaba sobre el suelo, la boca abierta; todo boca, el contenedor, y toda abierta. Hasta que Anselmo la cerró, después que hubiera engullido y contuviera todo aquello que, a fin de cuentas, no había terminado de encajarle.

¿Cuál habría de ser su afición, desde ese momento?


(Foto por Deaire)

2 comentarios:

  1. Una comparación muy lograda y es que en la vida intentamos encajar nuestros afectos y sentimientos en un gran mosaico de piezas que son como a priori las vemos, es el momento en que han de casarse unas con otras cuando surgen las dudas de donde ha de ir cada cual y la valoración de si el conjunto es lo que esperábamos que fuera. Y aún así, y por mucha práctica que se tenga, un golpe inesperado deshace en un segundo lo que tanto esfuerzo nos había costado encajar.

    Difícil me parece cambiar de afición, porque vivimos siempre dentro de un inmenso puzzle o de un complejo rompecabezas, en cualquier caso, lo importante es que Anselmo haga lo que haga, le encaje.

    Me ha encantado el relato y haciendo también un símil, te diré, que tu escritura es ágil y directa, pero, a la vez, vas dejando espacios libres y piezas sueltas que siempre acabas uniendo con maestría, para que el todo encaje y dejé en el lector (al menos en éste) una sensación de querer seguir leyendo. Me declaro incondicional de tus letras.

    Un placer y un beso, Deaire

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  2. Ay, Vagamente, y yo que había dejado el buzón de sugerencias abierto por si le llegaba alguna idea a Anselmo... Pero tienes razón, la vida es un continuo observar, sopersar, elegir ¡y encajar!

    El caso es que el chico parece estar bastante decepcionado con tanta parcialidad, tanta realidad recortada (¿hipocresía?) y, mira, en ese punto, le entiendo. Lo malo es que ha llegado a manifestar su frustración en un acto de rebeldía, incluso para consigo, y claro, eso se le vuelve en contra.

    Yo había pensado que se dedicara al cine, al montaje, por aquello de que la maquetación, en ese caso, le daría mayor amplitud de miras.

    Bromas aparte, creo que lo más importante es que le merezca la pena aquello a lo que dedique el tiempo.

    Me alegro de que te encante el relato, pero me alegro mucho más de tener un incondicional como tú. Si hay algo que realmente anime a escribir, es que haya quien quiera seguir leyéndote. Sabiendo además que quien lo dice escribe como tú... pues me sonrojo y, lo siento, creo que es un regalo que no merezco, pero regalo al fin. Y lo agradezco, mucho...

    Un beso, Vagamente, y gracias por todo.

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