sábado, 26 de junio de 2010

Al otro lado

Ella ya sabe que su origen no es griego, que ni es hija de Zeus y Mnemósine, ni habitó en el Parnaso. Por eso hay quien opina que no debería llamarle musa. Pero olvidan que cuenta con el mérito extraordinario de haberse hecho un hueco entre aquéllas que gozan de un prestigio que lleva siglos abriéndoles las puertas. Y que lo que le hace merecer ese título es que cumple su misión.

No se escandalizan, sin embargo, ni ponen peros, cuando ellos mismos llaman “cicerone” a un guía o prefieren decir “affaire”, a decir negocio. Las palabras se universalizan para nuestro entendimiento. ¿Cuándo haremos universales otra serie de conceptos que harían de “entendimiento” una palabra mucho más grande y, a la vez, más asequible? O mejor, ¿cuándo haremos del entendimiento un instrumento cotidiano?
...

Acércate, mi buena musa, y siéntate a mi lado. Susúrrame al oído aquella melodía que tantas veces te han hecho acallar. Muéstrame tus ojos y la mirada que guarda espejismos cambiantes. Deja que observe las esferas luminosas que se enredan en tu pelo como un collar de planetas vivos. Que tus manos dibujen el vuelo de las extrañas aves que tanto tiempo llevan queriendo traerme noticias de lejanos bosques y montañas transparentes. Ve soltando, poco a poco, el universo que traes contigo, como un perfume y deja que nos embriague el horizonte que se prolonga más allá de los sueños… 
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Me miraba Nkundi, pensativa y quise sustraerle las ideas que trenza en su silencio fértil. 

_ Nkundi, ¿quieres tomar un café conmigo? 

_ ¿De los que prepara Franz? _ bromeó, recordando las imágenes del corto con que “Les-dammes” nos obsequió, durante una visita que le hicimos. En él, el protagonista, un tanto desquiciado por el consumo excesivo del estimulante, acaba cometiendo más de una barbaridad. 

_ No, mujer; tampoco es mi intención que acabemos matando a una anciana. Éste será un café tranquilo y denso, como seguramente le gusten a él. A ver, cuéntame, qué pensamientos son ésos que te tienen distraída. 

_ Bueno, son una maraña. Van engarzados unos a otros y parece que formaran parte de una misma escena. Un poco, como el juego de la caída de fichas de dominó. 

_ ¿Como la vida misma? 

_ Sí… 

_ Bueno, pues ve soltándolos poco a poco. Tal vez así… 

Después de un breve silencio que venía a ordenar sus ideas, lanzó su primera pregunta: 

_ ¿Qué te pasó con los versos del Ángel Negro?_ Y provocó la sonrisa que provocan las preguntas llenas de ternura e ingenuidad, aunque la respuesta resulte complicada y larga de explicar. 

_ Lo mismo que me pasa con muchas otras cosas; que cada vez que las miro detenidamente, las veo distintas. Sus versos, sus escritos, a veces tienen para mí esa cualidad y me gusta perderme en ellos, poder leerlos de varias formas, encontrarles distintas caras. Me pasa con otros escritores. Curiosamente, con los que más me fascinan.

Verás, siendo niña tenía un juego predilecto, como todos los niños, supongo. Aunque parece que el mío resulta un poco extraño a otros ojos. A veces, cuando menciono en qué ocupaba aquellas horas felices, cuando la vida aún te permite cruzar a la orilla de la fantasía sin que nadie te lo reproche, mi interlocutor me mira con ojos de avispa; no sé si intentando descifrar el juego y ponerse en situación, o barajando la sospecha de si mi mente fue secuestrada por alguna suerte de locura, como en alguna ocasión, se han aventurado a decir. 

Yo, sin embargo, me sorprendo ante ese tipo de manifestaciones; me da la impresión de que no hubieran sido capaces de echarle suficiente imaginación a sus juegos. Pero no me lo creo. Los juegos de los niños siempre son capaces de darle vida a un simple trozo de madera, y por tanto… 

A mí me gustaba jugar con el espejo que vivía en el reverso de la puerta de un armario. Era grande _más grande entonces que ahora_ y eso me permitía, no sólo verme a mí misma, sino al entorno, reflejado en él. 

No tardé en darme cuenta de la existencia de un paralelismo entre dos universos diferentes. Cuando yo levantaba mi mano derecha, la niña que vivía al otro lado insistía en levantar la suya izquierda, y así sucedía con todo lo que podía ver, al otro lado del espejo. 

Después descubrí que, si giraba la puerta que soportaba la luna, cambiaba su contenido; de esa manera, dependiendo de los grados que hubiera desplazado aquel instrumento mágico, disponía de un escenario u otro… y aquel juego me brindaba infinidad de posibilidades. 

Pero no se quedó ahí la cosa. Mi mente aprendió a explorar, a través del espejo, otras dimensiones. Pensaba que aquella niña que se empeñaba en llevarme la contraria, igual que yo, no sólo habitaba en aquella habitación, sino que, como yo, también compartía con su familia un comedor y que, más allá, había un largo pasillo, por el que le gustaba correr. 

Así es que empecé a imaginar cómo era aquel comedor que estaba al otro lado del espejo, justo detrás de su habitación, y a “colocar” los objetos, precisamente en sentido contrario a como estaban en el mío. Todo esto, ya sin ayuda del malvado artilugio que me propició la inmerecida fama de “coqueta”, pues lo único que veían quienes fueron testigos de aquella incomprendida fantasía infantil, era que pasaba las horas muertas frente al espejo. 

El caso es que sospecho que aquel juego que abrió mi mente, a base de aglutinar en ella espacios duplicados, pero inversos, se me quedó prendido en el alma y pasó a formar parte de ella. Me gusta, Nkundi. Me gusta mirar “más allá del espejo” y escudriñar otras posibilidades que, a priori, estarían fuera de mi alcance, si no les prestara el debido esfuerzo. 

_ Pero, ¿por qué insistes en buscar más imágenes, en mirar más allá? Eso te lleva a la confusión ¿No? 

_ No. No es esa insistencia la que me confunde, sino andar con la inercia alocada que llevamos, sobre todo en la ciudad, donde todo sucede demasiado deprisa, donde siempre parece que estuviéramos a punto de perder algún tren y no existe tregua para plantearnos si, lo que estamos haciendo, es lo correcto; lo hacemos, no vemos otra opción.

Saltamos al tren en marcha y confiamos en que sea el mismo que cogemos todos los días, sin plantearnos siquiera que existen los imprevistos; que alguien ha podido decidir cambiar nuestro tren de vía. Y a veces no nos damos cuenta de que vamos en sentido contrario, hasta que salimos de túnel. 

Nkundi, la ciudad nos mata en muchos sentidos. La vida en ella no es un viaje de placer. Es una rutina que devora nuestro tiempo y no hay lugar para contemplaciones. Por eso, casi siempre te dejo a ti aquí, apartada de ese monstruo. Allí no podemos permitir que se nos escape un solo minuto, si queremos evitar un buen montón de complicaciones. 

Pero hay que vivir en ella para entender la locura de la que te hablo. Cualquiera que no se haya sentido devorado por su ferocidad, diría que basta con salir 5 minutos antes. ¡5 Minutos!!! ¡Quién saca 5 minutos de una jornada de 9 horas y un trayecto de 3! ¿Y quién escatima a la empresa las horas de formación que nos exige? ¿Quién les discute las que nos roban, a cuenta de trabajos que tenemos que terminar en nuestra propia casa?... “Porque es urgente y tiene fecha de caducidad”, nos dicen. ¡Como nosotros mismos! Pero esto último, pretenden borrárnoslo de la memoria, desde el momento en que nos contratan. No nos permiten pararnos, ni física, ni intelectualmente, pero sólo atendiendo a su objetivo. 

A mí me gustaría tomarme las cosas con más calma, pero a menudo siento que la vida me lleva a empujones, sin saber cómo he de hacer para sustraerme a su impertinencia. Actúo por impulsos, no siempre acertados, que pueden conducirme al precipicio. 

Porque es eso, me precipito, al dictar una sentencia, si antes no he escuchado a todas las partes. Eso nos convierte en arbitrarios. Mirar con prejuicios, nos limita. No me gusta encasillar, como no me gusta encadenar a un animal. 

_ ¿Prejuicios tú? Además, encadenar a un animal no nos limita a nosotros, sino al animal... ¿Y qué tiene que ver todo eso con lo que te he preguntado? _ protestó, intentando comprender, de un solo salto, lo que precisa de unos pasos medidos, precisos y cautelosos, para salvar según qué terrenos. No pude sino verla reflejada en mí, o verme yo en ella, cuando la impulsividad nos domina. ¡Esas prisas…! 

_ A veces, Nkundi, escucho el eco de mis propios actos. Y, cuando eso sucede, es porque el ritmo frenético que imprime mi marcha ha provocado que alguna piedra se precipitara y chocara con algo. Entonces vuelvo sobre mis pasos, para comprobar que no he ocasionado males mayores. Eso mismo me ocurrió con esos versos. Me precipité, no me tomé el tiempo que requerían, y es más que probable que llegara “contaminada” de otros escritos, deslumbrada de otros colores que se imprimieron en mis retinas. Y no pude ver los que tenía enfrente. Por eso, al volver “limpia” de aquellos reflejos, es decir “sin prejuicios”, me pareció que habían cambiado su silueta. Pero en realidad, era mi mirada lo que había cambiado. 

Recordé lo que me enseña la práctica del senderismo, y pensé que quizá lo mejor sería escoger otro camino más sensato, para llegar al puerto que quería. 

_ Bien, cambiemos de tercio. Dime, ¿qué ves ahora mismo desde donde estás sentada? 

_ Veo la ventana, la estantería, los libros, el equipo de música,… Creo que ya sé adónde me quieres llevar. 

_ Sí, yo también lo creo. Si te sentaras donde estoy yo, verías otras cosas, aunque la habitación sea la misma y la ocupen los mismos objetos. 

Pero no sólo es la posición que ocupemos la que nos ofrece una visión distinta. Hay muchos matices que pueden conformar lo que percibimos, muchos agentes externos los que ejercen su influencia: nuestras propias vivencias y cómo nos implicamos en ellas; nuestra última lectura, el último encuentro, la última charla… Incluso la música que estamos escuchando, vierte su singular naturaleza sobre la nuestra. 

Todos esos elementos van dejando su rastro, que nosotros recogemos o abandonamos en el camino, y todos, conformando de alguna forma nuestra visión de las cosas. Elegimos de qué nos deshacemos y qué queremos llevar con nosotros. Ahí deberían entrar en juego nuestro discernimiento y nuestra consciencia. Discernimiento, para no confundir "criterio" con "prejuicio". 

No siempre la elección es nuestra pero, si permitimos que la luz atraviese la ventana o si elegimos la penumbra, estaremos haciendo que todo esto que nos rodea cambie considerablemente su aspecto.

Podríamos ser cómodos y pensar que es mejor cuando entra la luz, que se ve todo más claro, con mayor nitidez. Pero, cuando llegue el verano, no pensaremos igual. A veces la luz ciega. Tenemos ambas opciones y subir o bajar la persiana, no sólo nos librará de la ceguera, sino que nos estaremos permitiendo un espectro de visión mucho más amplio ¿Te has dado cuenta de cómo cambian los colores, según la intensidad y la naturaleza de la luz que los enfoque? 

_ Sí, claro... ¿Es eso la diversidad? 

_ Uy, que te veo venir... Esto no es más que la D; la primera letra de una palabra inmensa. La diversidad lo abarca todo; como el mismísimo Universo, reflejado en un espejo. Para explicarte lo que es la diversidad necesitaríamos de muchos más cafés… y no quisiera acabar como el protagonista del corto que nos pasó "Les-dammes". 

Y así acabó la charla, prácticamente como la habíamos empezado. Poco había avanzado en aquella exploración sin límites que quise hacer junto a Nkundi, pero el tiempo nos impera. 

_ Lo siento, Nkundi, tendremos que dejarlo para otro rato. Pero toma, ve leyéndote este libro, si quieres. 

_ “León el Africano” … ¡Anda, como yo!!! 

_ Sí, como tú; no tan africano. Pero lee, lee... 

Y leyó: “Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna.”
...
Ahí se ha quedado, empantanada ante la inmensidad de sus preguntas. Espero que Maalouf me vaya abriendo camino, mientras yo sigo con otros temas que no pueden esperar... aunque esté de baja, por estrés. 
... 
Este fragmento fue, en su día, dedicado a "Angelonero" (Ahora, "Gestionando los Tsunamis") y a "Lesdammesfrançaises" (también, "El sueño Nocturno") cuyas letras admiro, cuya amistad aprecio y atesoro.

Aquí lo tenéis, Anxo, Franz. Ahora lo leo y veo lo extenso de aquel post. Pero siempre fueron vuestras, estas letras. Siempre lo serán. Yo también, a pesar de lo incomprensible que pueda resultar ver que ando borrando textos, desapareciendo… y apareciendo en otros sitios, con otros nombres. Sigo siendo yo y, en algún sitio, sigo estando.


Por Deaire
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jueves, 24 de junio de 2010

Enajenado baile

A veces necesito... no sé qué.
Un destello.
O un silencio abismal
que me detenga en seco.
Y que dejen
de latirme recuerdos,
de lloverme palabras,
de rompérseme el aire...

martes, 15 de junio de 2010

De renuncias y devociones - Crónicas del parque -

Hoy, mientras me adentraba en el parque, me decía que me hubiera apetecido que estuviera más vacío, más callado y otoñal. Sin embargo, no me molestan ni los gritos de los niños, ni el traqueteo de sus skate-boards, ni los golpes recibidos por las piedras cuando aquéllos se aventuran en un salto descomunal para su tamaño. Tampoco estorba el sol de esta primavera que sigue repitiendo treguas, como primeriza, sin darse cuenta de que casi está rozando la frontera del verano. No molestan. Puedo recogerme en mis pensamientos sin que la excesiva vida del parque me afecte, de la misma manera que mi quietud no altera su bullicio. Comparto a gusto la tarde con ellos. Es sólo que mi estado de ánimo es “otro”. Pero transito por él como lo hago por el curso del río, sin sentirme invadida, ni que yo lo invada a él. Es bueno reconocer las fronteras. Como lo es reconocer las emociones, distinguirlas entre los pensamientos, diferenciar el estado de ánimo, de la conciencia, y dejar a cada uno en su lugar. Sin falsas alarmas. Supongo que la buena convivencia consiste en eso...

Y así, en paz conmigo y con el mundo, me alejo hacia el sub-mundo placentero que proporciona la buena lectura. De tanto en tanto, entre una página y otra, entre pensamiento y nube, me asomo a la vida. Persigo, con la vista, las ruedas de unos patines, el brillo rebelde de un cabello infantil,… o me entretengo en los juegos de un perro, que parece menos susceptible a la mirada que se calza, mientras andamos en estos escrutinios. Y pienso en la tierna dependencia que se crea en estos animales, mucho más atentos a la mano del amo, que a su propio instinto.

Nunca entendí del todo el mecanismo de esa desigual relación, ni la devoción que el perro siente hacia quien establece los dominios, los turnos y las normas, más según los dictados de la conveniencia y comodidad del humano, que pensando en un intercambio equitativo entre ambos. Al fin y al cabo, el amo es el amo. Quizá por eso, siempre me había sentido más identificada con gatos que con perros. No sabía bien por qué. Posiblemente porque tampoco entendía sus ladridos. Y menos aún el odio que alguna vez pude presenciar desatado entre sus fauces, cuando defendían las propiedades, intereses de otros, de sus dueños, por encima de su propia vida.

No lo entendía, no, y sin embargo… Sin embargo, no se puede decir que yo me haya visto desprovista de devociones y renuncias. Igual de incomprensibles e incomprendidas. Tal vez por eso, a veces reivindico mi parte felina; porque, después de todo, me he visto abocada a defender más de una vida. ¿Siete, dicen? Si no me fallan las cuentas, me quedan pocas. Así es que recojo el chiringuito y me voy a cubierto, que se avecina tormenta.

Otra riada. Vaya, con esta primavera...

sábado, 12 de junio de 2010

En la memoria

A veces, un abrazo fantasma nos rodea. Toma asiento a nuestro lado, se acomoda, y lee con nosotros.

Como badajos, arrancando suspiros a la memoria, algunas palabras que fueron mutadas sin permiso, vestidas por una entidad ajena que se adueñó de su significado, apenas son sugeridas, adoptan su forma y se traducen en Presencia. Palabras que, sin saberlo, fueron testigo y hoy, de forma impertinente o no, con imparcialidad o sin ella, suben al estrado y testifican. Si lo hacen a favor o en contra, depende en gran medida del ejercicio con el que esté viciada la memoria. Curiosamente, en la memoria, pesan más las declaraciones de ese testigo accidental, que la razón.

Impresionismo. El pintor, como la memoria, deja espacios "en blanco" y sublima otros, a propósito. Es su forma de crear belleza.

“Tendresa”, “Aire”, "Infancia", "Gotas", "Mar",... Algunas de esas palabras, sin definirnos, nos representan y, a veces, consiguen hacer de nosotros una presencia inesperada. 

A veces, una lágrima se asoma al abismo, bella.

sábado, 5 de junio de 2010

Desde este espacio verde

[...]

“Aquí, en este espacio de cristal que me circunda, floto. Tan solo mis palabras hacen eco en mi memoria.

Aquí, desde este espacio verde, arrastrada, alzada, volteada, veo otros objetos a lo lejos, agua de por medio, algas de por medio y, por medio, arena; como satélites ajenos al destino, como yo misma,… pero afuera.

Aquí, en este silencio verde y cristalino, sólo puedo aspirar a ser mensaje. Y no sé si alguna vez serán leídas las palabras grabadas en mi piel, en el bies de los pliegues que fueron practicados en mi cuerpo, antes de introducirme en la botella… Y no sé si esperar llegar a salvo o si he de encomendarme al filo de una roca, que resquebraje este refugio verde de silencio”.


[...]