martes, 31 de agosto de 2010

Des-Intoxicación


Ocre, rojizo, gris, ocre, gris, verde, gris,… Si viniera el viento y lo borrara todo…

Gris, grava, ocre, gris, verde, arena, verde, gris,… No quiero pertenecer a esa raza que pasa las horas muertas en el despacho del fondo, frotándose las manos bajo la mesa. Ni a esa otra que se asoma de puntillas tras de mí, para mostrar la bonanza que ellos quieren.

Arena, ocre, verde, gris, acequia, verde, enebros, montaña, brillo. Atardece. Van dibujándose las sombras a lo lejos. Tampoco yo les intereso a ellos. No interesan las medidas de mejora por más que les salgan gratis. La Crisis les hace un guiño y a ellos les hace gracia esa prostituta que les enseña a fingir y a practicar sexo “sado” para abismar diferencias. Mrs. Crisis, con vestido de seda en las últimas inauguraciones y de “casual wear fashion” en el “off-site” de hace tres meses, jugándose a la ruleta otros destinos.

Gris, grava, traviesa, grava, traviesa, ocre, verde, gris, tab-tab, tab-tab, catenaria, tab, oscuro,…

El compañerismo, furtivo y a la intemperie. Apenas dos minutos dura el humo al borde de la nada, donde el viento, donde otra cámara apostada puede estar observando nuestros gestos. No sabemos si nos miden el tiempo, pero está mal mirado ese recreo. Será que no llega el sonido a su sordera embutida en cifras de vergüenza.

Tab-tab, oscuro, naranja, oscuro, tab, oscuro,…

Quisiera borrar el descontento de esos rostros que otros días resultaron alivio en el destierro y hoy andan contaminados de injusticia.

“Próxima estación: Fuencarral”. Cemento, gris, grava, traviesa, grava, ocre ceniciento y, al fondo, unas torres que pretendieron llamativas para alojar en ellas más luchas de poder, intrusiones a destajo, espionaje informático y de pasillo, otros oscuros negocios. Alcantarillas de lujo por la nubes.

Naranja, oscuro, naranja, oscuro, gris, grafity,…

“Próxima estación: Chamartín”. Maldito eco de tacones, de perfume de marca y de traiciones, de cattering robado de los picos que no sobresalen a mi sueldo; de corbatas impuestas o elegidas y un gran coche esperando en el garaje para mirarme a través de la ventana... ¿Te atreves a mirar en mis pupilas, sabiendo lo que sé de tus facturas?

Tab-tab, traviesa, cantos, traviesa, señal, gris, zoooooom. Oscuro. Oscuro.

“Próxima estación: Nuevos Ministerios”. La pulsión de una ciudad anónima, aunque un poco más cercana que tanto extraño conocido con quien comparto el café-brebaje de la empresa, convenientemente dispensado en jaulas de cristal, donde puedan inspeccionar nuestro rango. Comentarios mal intencionados, mal interpretados, mal avenidos. Gran Hermano de diseño traducido en hermetismo medido y desconfianza preventiva. La otra cara de lo expectante.

“Próxima estación: Sol”. Otros rostros, otros cuerpos cansados y una voz que canturrea en un idioma incomprensible. Sigue cantando, por favor, no pares; que tu canto me libera del hastío y a ti te preserva del miedo de haber caído en la trampa. Deja que el ritmo africano nos sustraiga del acero que se ha alojado en las almas.

“Próxima estación: Atocha. Correspondencia con: ….”

Correspondencia con “mañana será otro día”, de sabor acre. Ahora practico un agujero por donde evadirme, cabalgo hacia el olvido con la música aferrada a los oídos. Tres kilómetros, mide el pasillo que aún me separa de mi casa y siento alivio al recorrerlo andando. Cuarenta grados, o rondando, y siento alivio. El cielo está casi negro y siento alivio ¿Estallará esta tormenta que se fragua?

El aire quema la piel, pero es aire… y es piel.

domingo, 22 de agosto de 2010

La trayectoria del cielo

Ahora que anido en este punto anhelado de la Tierra, asombrada de haber estado nunca y siempre aquí, o alguna vez en sueños, de aquellos que se olvidan cuando la luz los rasga y descompone, la primavera se resiste a entrar en él.

Pero no me contagia de desánimo su tardanza. En algún momento, llegará. Aunque sea para fugarse de inmediato, acuciada por un verano que precipite implacable su fuego sobre la acera, o interrumpida de nuevo por este otoño desorientado que parece haber perdido rumbo y fecha.

Alguna vez los deseos se cumplen mucho después de haberlos olvidado. Y nos recuerdan entonces que ya existieron, que ya ocuparon su espacio en nuestro espacio, pero perdió nuestra consciencia el momento en que dejaron de ser.

Hasta que un día cualquiera, a la vuelta de una esquina escogida por el azar y en hora insospechada, alguno se presenta de nuevo ante nosotros. Con una luz distinta a la que recordamos, con caminar distraído, como el nuestro y, como nosotros, parece detenerse sorprendido unos instantes. Y es ése el momento de atraparlo y no otro, pues puede que nunca más nos crucemos con él, sino en sueños.

Hoy sigo la trayectoria del cielo. Y solos, el cielo y yo, y ese viento que no cesa, observamos los días que pasean con la misma parsimonia que las nubes, ajenos a cuanto sucede en tierra, ajenos al deseo y los temores. Y comprendo.



(Por Deaire)

No siempre

No siempre está mi vida agazapada en estas letras. A veces son los sueños, o las fantasías los que asoman entre ellas y me esconden las cosas o las cambian de sitio. O ponen un objeto, donde no había nada, y resulta ser un reloj robado en un anticuario de Madrid, a esas horas en las que el sol y el calor aprietan, y amordazan los ojos mudos del dueño, ya vejete, que dormita.

No quiero saber, por tanto, ni rendir cuentas, de ese reloj que no me pertenece. Salga de aquí la Policía o detenga, si puede, a los artífices de tamaña osadía. Pero ya les adelanto que va a ser misión difícil, pues acostumbran a poner cara de santos y acusarse unos a otros. O a mí misma, que suelo hablar en primera persona, por aquello de dar mayor impacto; o subirme a lomos de una cita de los que ya llevan un trecho recorrido y saben espolear mis pensamientos.

No publico aquí mi vida, ni mi muerte. Ni quisiera, si así fuese, plañideras en mi entierro. Recojan las penas, los cirios, los pañuelos y no olviden llevarse los consejos que han dejado caer entre las sillas.

Disculpen, o no, mi antipatía aquellos que no vean sus comentarios publicados. Han de entender que hay otro tipo de sitios para eso. Aquí, sólo letras.

sábado, 7 de agosto de 2010

"Cuando no haya motivos para enfadarse"

CITA:

Wong, maestro en collages dialécticos, sumaba aquí este pasaje: "La novela que nos interesa no es la que va colocando los personajes en la situación, sino la que instala la situación en los personajes. Con lo cual, éstos dejan de ser personajes para volverse personas. Hay como una extrapolación mediante la cual ellos saltan hacia nosotros, o nosotros hacia ellos. El K, de Kafka, se llama como su lector, o al revés".


Julio Cortázar (Rayuela)
[...]

Ya no quedaban huecos donde buscar aliento para permanecer. Tan sólo un silencio acordado tácitamente en beneficio de un tiempo que no me atañía y, por tanto, me cerraba el paso, las puertas, las ventanas,... Renunciar también al mío, al tiempo que quizá si me hubiera pertenecido, fue el pago de mi media vuelta. Una huída completamente carente de egoísmo y, tal vez por ello, incomprendida, pero necesaria. Incrementar la distancia, aunque con ello aumentara también la confusión y abonara el terreno, para cuando hubieran de llegar los reproches, fue la única salida. Y aunque con ello provocara cierto regusto amargo entre mis letras y me viera abocada a condenarlas al ostracismo. Un implacable ejército de fantasmas tiraba del silencio hacia mis dedos, en busca de unas letras que no habrían de tener ningún sentido. Pero oprimían mis órganos y mi garganta, destilándoles lágrimas entre una gota de tinta y la siguiente. O lanzarlas al vacío, de cuando en cuando, permitiendo que otros ojos, que no fueran los suyos, las recorrieran; expuestas a otros juicios, suspendidos por falta de pruebas, incompletos. Quizá sólo buscaba algo de alivio. Una vía de escape, para no verme anegada de tantos recuerdos aglutinados en el vacío que ocupara mis días, desde entonces. He aquí, en breve resumen, los inasibles motivos de mis silencios.

Resultaron muy flojas sus razones. Quizá, como las mías, carentes de egoísmo hacia los suyos, pero letales hacia mí. Tal vez ese terreno tendría que haber permanecido yermo y yo no supe verlo, ni él tampoco, hasta que terceros, cuartos, aparecieron en escena, reclamando su voz y su espacio. Ya no podían oírse las ternuras que el apuntador, en susurros, nos había soplado desde su estrecho hueco. El patio de butacas estaba vacío. Hasta ese momento, no había caído en ello. No había estado allí antes, sino lejos, en la historia que mi alma improvisaba. Tan sólo el escenario aparecía atestado de gente y de razones de gesto histriónico.

Me aparté. Me quedé entre bastidores, primero. Retrocedí aún más, al poco tiempo y recuerdo que no era capaz de encontrar mi camerino. Tonta, nunca existió; nunca acudí al atrezzo, ni al maquillaje. Me presenté en escena, tal como me hice al mundo, carente de muchos artificios. Si acaso, me vestí de miedo a intervenir en lo que no me atañe. Y vuelvo al tiempo que no me corresponde, el que hizo que se escondieran mis letras, detrás del telón, para que él no supiera, o supiera muy tarde, “cuando queden dos días para morir y entonces no haya motivos para enfadarse”… Me cuesta creer que se fiara de esas palabras suyas. Pero aquí dejo las mías, cumpliendo con mi parte. Por si tiene el poder de previsión que le dicte que esos "dos días" anteriores han podido llegar. O por si el mío, mi fin, está a la vuelta de un minuto. Yo no lo sé. A mí me entregaron la vida sin programa, sin guiones, ni mapas, ni instrucciones y sólo sé guiarme según lo que veo y pienso, y siento.

Sí, claro que siento, aunque me mantenga a distancia para no recordar que es dolor y rabia, y amargura,… o para no recordar lo que es sentir, o para no sentir que sentir es un fraude,... o para no recordar. Pero hoy se filtraron sus fragmentos en mis sueños y amanecí en sollozos, que no fueron resueltos. Y entonces recordé sus penúltimas palabras. ¿Habrán llegado esos dos días previos, o cuándo lo harán? Y corro a escribirle aquí, como tonta, en el quicio de la nada, donde es posible que venga a buscar mis letras, si un indicio le avisa de que el fin ha llegado, y aún le quedan arrestos y energía para enfrentarse al único rastro que he podido dejarle, ridículo y lloroso, como son las derrotas.

Lo siento, sí, claro que siento. Por más que algunos sólo vean la dureza en la que envuelvo mi herida. Y que me mantengo a distancia, para no recordar lo que es sentir, o para no sentir que sentir es un fraude, o para no recordar que, de aquel sentir, sólo obtuve como pago y deuda, que ahora saldo, este recóndito, absurdo y poco probable punto final.