domingo, 19 de septiembre de 2010

El eco necesario

Laurita llega tarde. Borbotones de vaho se precipitan desde su respiración agitada y acaban confundiéndose con la bruma de noviembre. Llega tarde y se atusa el pelo mientras anda. Doma la posición de su falda, enredada en el trasiego de sus piernas, tan frágiles... Parece que fueran a quebrarse o enredarse entre sí, mientras se disputan el terreno, a pasos breves, como picoteo de un ave.

Sus ojos se adelantan más allá de donde acaba el horizonte, ignorando calles y edificios, semáforos, parques, transeúntes. Sus ojos ya están en clase. En realidad, sus pensamientos no llegaron a salir de allí desde ayer por la tarde.

Tampoco ayer llegó a hacerse de noche, salvo cuando alguna voz familiar reclamaba su atención hacia el plato de sopa, ya fría y sin interés. Entonces sí, una vez interrumpidas sus ensoñaciones, la oscuridad hacía acto de presencia. Como lo hacía el silencio que abrazaba aquella escena. Todas las escenas de todas las noches, desde no recuerda cuándo, siempre presididas por una densa nube de tristeza.

Así era su casa, cuando estaba habitada. Por eso Laurita prefería estar en ella cuando no había nadie. Tan distinta se veía cuando la luz de la tarde la inundaba y la música recorría una habitación y otra, que parecía estar muy lejos de allí. Incluso ser cobijo de otra familia diferente. Escapar de la realidad era su única salida y se soñaba, y soñaba hermanos y padres felices. Y así hablaba de ellos cuando le preguntaban, tal como los imaginaba.

Pero Laurita sabía que no debía mentir; que cuando las mentiras se acaban, hay que inventar otras que se sumen y que llega un momento en que se pierden las cuentas. Así es que tampoco hablaba mucho. Solía sentarse sola o con alguna compañera ocasional que al día siguiente evitaba, para que no hiciera preguntas. Odiaba esa manía que otras niñas tenían de preguntar, o de hablar y hablar, sin escucharse unas a otras, o de burlarse y reírse dando grititos y palmadas cuando había niños cerca. ¿Acaso no se daban cuenta?…

Ayer, a media mañana, apareció en clase la directora del colegio. Una señora de potentes dimensiones y gesto tan adusto, que su sola presencia interrumpía cualquier acción, por involuntaria que fuera. Ni respirar se oía, cuando estaba cerca. A los pocos segundos, tras ella, entró en el aula una chica de larga melena. Se subió a la tarima y, elevando el mentón ligeramente, recorrió con la mirada toda la clase.

“Hola _dijo_. Soy Celia y seré vuestra compañera.” No era normal, desde luego, que alguien se mostrara tan resuelta, estando la directora cerca; ni que se subiera a la tarima con el dominio de quien ha pisado miles de escenarios; ni que se incorporara al curso cuando ya hacía tiempo que éste se había iniciado. Tampoco lo era que nunca antes se hubieran cruzado con ella, siquiera en el recreo, ni en ningún otro recinto del colegio. Su aspecto tampoco era usual; no habría pasado inadvertida. Nada en Celia era común, ni vulgar.

Bajó del encerado, pero no bajó la mirada, ni el mentón. Avanzó decididamente por el pasillo, hasta la última fila ocupada. Laurita se hizo a un lado. Cualquier otra niña habría querido compartir pupitre y esconderse en el anonimato, tras irrumpir en clase dos meses, dos semanas y dos horas y media después de haber comenzado el año lectivo. Pero Celia prefirió sentarse a solas y, sólo cuando el resto dejó de prestarle atención, sonrió a Laura.

“Hola _decían sus ojos_. Seremos amigas. No harás ni haré preguntas. Tenemos la vida entera para saber lo importante.”

Laurita llega tarde, sus ojos se adelantan, el vaho se precipita y confunde con la bruma, su falda se rebela y su mente ya está allí.

Celia le espera en su pupitre, en silencio, la vida por delante.

Y ayer… Ayer sus sopas frías perdieron interés.



(Foto de Deaire)

sábado, 11 de septiembre de 2010

Con sólo sentir

Si existe la avidez pausada, ha de ser al recorrerte capa a capa. Seda que acaricia primero la mirada, al ritmo penetrante de un aroma discreto que emerge de tu centro y envuelve, sin saberlo, la consciencia, y la baña del delirio colorido que en su pureza mezcla tu legítima esencia.

Prodigio que secuestra los sentidos hasta hacerlos amables inquilinos. Quedarse a vivir un entretanto y otro en ti, en la ingravidez del tiempo que tu belleza, toda, incita y reaviva, y se apropia, involuntaria, de la propia voluntad, y se abandona al arrullo dulce que tus latidos pronuncian en nombre de mi nombre.

Amarte, como si en ello fuera la vida, como si la vida fuera en ello, implícita y serena, con todos los sentidos consentidos y entregados a esta dulce invasión que no es condena.




(... por Deaire ...)