miércoles, 27 de octubre de 2010

Un día desperté...

Fue el reposado discurrir de tu sombra lo que me hizo seguir tus pasos. Desde ella me llegaba el eco de tus formas y, aun siendo tan sólo una opaca proyección de ti lo que ofrecía, fue suficiente reclamo para andar a la zaga. No hubo un propósito que no fuera el deleite ensimismado de mi ojos, atada la atención a cualquier movimiento que proviniera de ti, al sutil devenir de las criaturas chinescas que hacías aparecer, ante la adormecida consciencia de mi asombro.

Pasaban las horas, los días, y siempre que mi mirada se cruzaba con aquel vago rastro que apenas definía una parte allanada de ti, se convertía en recreo ese momento. Mirar, volver a mirar, no dejar de mirar, mientras duraran tus huellas, y llegar a verme, inmersa y diminuta, recogida en cualquier hueco conciso del surco que trazabas.

Se impuso durante un tiempo el silencio, el tiempo de ceguera, las ausencias, pero siempre recordaba aquellas dunas que un día se hicieron deleite en tus palabras. Y volvía, de vez en cuando, al lugar donde los ojos de un zagal me hicieron ver mis propios ojos, rescatados de un pasado que siempre me había acompañado, aunque yo lo olvidara.

Era un paisaje, el tuyo, repleto de palmeras; de fragantes aromas que empeñaban su existencia en sumergir el aire en su rareza dulce. Tan ajeno al desierto circundante, tan distinto de todos que, aún sin saberte, me albergaba en tus sombras, curando mis heridas.

Secuestrados por la fiebre mis sentidos, no alcanzaba _tampoco lo intentaba; apenas sentía más allá de la marea negra que cruzara mis días, por entonces_ a percibir cuánto de magia había en aquellos encuentros. Y yo en mi delirio los buscaba, los procuraba inconsciente, sedienta de la vida que de mí escapaba, que en ti encontraba...

Tú me curaste, sí, de la sequedad insistente de mis labios, del dolorido peso de mi cuerpo, del incendio extendido entre mis sienes. Fue sin pedirlo que encontré tus regalos, durmiendo entre mis manos. Y aún te preguntas _tú siempre tan humilde_ cómo es que guardo cada una de tus hojas, por qué recreo en ellas mi mirada o entretengo en mis dedos tus semillas.

Si me duermo al cobijo de tu sombra, abrazada a tu talle, escuchando el rumor en que conviertes el aire que pasea entre tus labios, es porque mucho antes de saberte, tú ya formabas parte de mis sueños. Un día desperté, reconocí en ti mis latidos, y en los tuyos, la dulce melodía que quiero que acompañe, para siempre, mi vida.


 
(Foto de Deaire)

domingo, 17 de octubre de 2010

Siempre un color indefinido, un trazo diminuto, insuficiente...

Alguien asestó un rudo golpe sobre la mesa. Tembló. Temblaron las piezas que salieron despedidas por el aire. Temblaron hasta las gafas de Anselmo y sus manos. Pero su cabeza permaneció inmóvil. Observaba los huecos que habían quedado al descubierto en el tablero y la lluvia de pequeños cartones que volvía a cubrirlos parcialmente.

Inmóvil. Poco importaban la causa, ni los motivos de la causa; ni siquiera las consecuencias parecían importar. Anselmo recreaba la mirada sobre los resultados que aquel estruendo había provocado, como si las piezas, recién caídas al azar, le hubieran ido contando secretos, según terminaban de depositarse sobre la superficie. Quizá le despejaron alguna duda centenaria.

No estaba sorprendido, sin embargo. Pensaba que la vida se había mostrado de esa misma manera con frecuencia y que, al fin y al cabo, aquel puzzle tan sólo le había consumido tres días, hasta casi haberlo completado. Y que mil piezas de cartón piedra no eran comparables con las personas que había intentado encajar en el lugar adecuado, ensayando un paisaje emocional jamás logrado. El día menos pensado, alguien cogía un tren que no estaba previsto, o urdía un plan a base de mentiras, o llegaba el amor y hacía mirar hacia otro lado. O bien la decepción borraba todas las sonrisas,... y acababan por despistarse aquella pieza y ésa, y la otra.

Mientras tanto, vueltas y vueltas les daba, hasta descifrar la forma exacta de la imagen recortada que se proyectaba sobre ellas. "Siempre un color indefinido, un trazo diminuto e insuficiente que apenas me da pistas; tal como suelen mostrarse las personas", pensó.

Sin apartar la mirada de aquello que podría representar el perfecto resumen de lo absurdo, y alargando el brazo cuanto le fue posible, fue desplazándolo lentamente sobre la mesa, alineando fracciones y razones; como haciendo recuento de fragmentos que, en sí mismos, no aportaban valía suficiente y, al hacinarlos, les procurara una suma de imposibles.

Los llevó hasta el extremo de la mesa, hasta el extremo mismo del provecho, sin conseguir un balance en positivo. Y así convino, por fin, precipitarlos hacia el contenedor que esperaba sobre el suelo, la boca abierta; todo boca, el contenedor, y toda abierta. Hasta que Anselmo la cerró, después que hubiera engullido y contuviera todo aquello que, a fin de cuentas, no había terminado de encajarle.

¿Cuál habría de ser su afición, desde ese momento?


(Foto por Deaire)

lunes, 11 de octubre de 2010

Pensar, sentir

_ ¿Cómo explicar el recorrido exacto del sentir, si lo vivo invadida y fui rendida a él, un segundo tras otro, imperceptiblemente, hasta anegar el infinito abismo que habita el universo, y hacerte así más cerca?

_ Hay trampas que el amor ejerce para poder dominar tiempo y espacio.

_ ¿Y es primero el recuerdo o el sentimiento mismo, que persiste y me vive, día y noche, y te trae hacia mí ocupando memoria y sangre, y piel, y aire, como motivo único?

_ Hay trampas que el amor ejerce para adueñarse también de los sentidos.

_ ¿Y dime, dónde y cuándo se produjo el prodigio de ser uno en el otro, aún sin saberlo, y en qué feliz momento cruzamos la frontera, para pasar del asombro a la certeza?

_ No lo recuerdo, amor, no lo recuerdo. Quizá es que no existía la otra orilla. Quizá no sea que el amor nos hace trampas, sino extraños convenios con la vida.



(Foto de Deaire)